Los comentarios pasivo-agresivos y cómo afectan nuestra autoestima.
Permíteme empezar estas letras con todo el pique del mundo.
Sí, con pique.
Porque quiero hablar de algo que me saca de quicio: los comentarios pasivo-agresivos.
Esos que vienen envueltos en risitas y en el clásico:
“Ay, era una bromita…”
Pero que, sin que nadie se dé cuenta, te dejan pensando todo el día y poco a poco erosionan tu confianza y tu autoestima.
- El veneno invisible
- Cuando viene de quienes más queremos
- Los “cumplidos” envenenados
- La raíz del problema
- Mentiras que nos contamos
- Cómo reconocerlo
- Ojo… nosotras también podemos hacerlo
- Lo que dice la ciencia
- Estrategias para responder
- El antídoto más poderoso: la compasión
- Cómo disfrutar relaciones más auténticas
A ver si te suena alguno de estos:
- “Uy, qué bien te ves hoy… para variar.”
- “Tranquila, yo lo hago. Total, tú nunca llegas a tiempo.”
- “No te enojes… era broma.”
Sí, la puñaladita ya entró. Pero ahora, si te molesta, el problema eres tú. Maravilloso, ¿no?
Y lo peor es que a veces ni siquiera se dan cuenta de que hieren. Lo disfrazan de humor, sinceridad o preocupación, y se salen con la suya.
El veneno invisible
Lo más peligroso de un comentario pasivo-agresivo es que no lo percibimos de inmediato.
Es como un gas invisible que se filtra en la conversación y en tu mente:
- Te hace dudar de ti misma.
- Te genera tensión.
- Te deja con un pequeño nudo en el estómago, aunque nadie haya levantado la voz.
No hay moretón… pero duele.
Y eso es lo que lo hace tan efectivo… y tan dañino.

Cuando viene de quienes más queremos
Lo más triste es cuando esos comentarios provienen de tu propia gente:
- La familia.
- Amigos cercanos.
- La pareja.
Personas que en teoría deberían levantarte, animarte y acompañarte, pero que a veces son las primeras en bajarte el ánimo en segundos.
Directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, pero pasa.
Y sí, hay que decirlo: no está bien🙅.
Los “cumplidos” envenenados
Estos son mis favoritos (léase con sarcasmo):
- “Qué linda te ves hoy.”
Y algo dentro de ti piensa: ¿Perdón? ¿Y ayer qué era? - “Para tu edad te ves súper bien.”
Gracias… supongo. - “Estás diferente… pero bueno, no es malo.”
¿En serio? ¿Eso se supone que es un cumplido?
Estos microataques son tan comunes que muchas veces los normalizamos, pero afectan nuestra autoestima sin que lo notemos.
La raíz del problema
Muchas veces esto empieza en casa. Anjá, y aquí me uno al grupo que ataca a la educación en la casa. ¿A quién más? Por lo menos en la mía fue así. Hablo desde mi experiencia. No me gusta generalizar.
En muchas familias, expresar enojo directo era peligroso:
- Te gritaban.
- Te castigaban.
- Te hacían sentir culpable.
Entonces aprendimos algo muy curioso: mejor no decir lo que siento… pero lo digo igual, disfrazado.
Y así nacen frases como:
- “Haz lo que quieras.” (traducción: vas a arrepentirte)
- “Todo bien.” (traducción: no está nada bien)
- “No pasa nada.” (traducción: pasa muchísimo)
Cuando se convierte en hábito, estas micro-agresiones se replican en nuestra vida adulta, y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que las estamos recibiendo… o dando.

Mentiras que nos contamos
Para justificarnos, solemos repetirnos:
- “Es solo humor.”
- “Si lo digo directo, se va a ofender.”
- “Yo no soy agresiva, solo soy sincera.”
- “No es para tanto.”
La verdad es otra: sí es agresivo, solo que disfrazado de broma, sarcasmo o preocupación.
Alguien que me regale un cocotazo🤦 por caer en la trampa de hacer esto. Pido disculpas; me estoy reinventando.
Cómo reconocerlo
No necesitas ser psicóloga para identificarlo. Algunos patrones se puede observar:
- Siempre llega tarde… “sin querer”.
- Dice “haz lo que quieras” con tono de amenaza.
- Te elogia… pero siempre aparece un “pero”.
- Se coloca en el papel de víctima constantemente.
Y hay una señal infalible: después de hablar con esa persona, te sientes confundida, drenada o incómoda.
Como si algo hubiera pasado… pero no sabes exactamente qué.
Ojo… nosotras también podemos hacerlo
Aquí viene la parte incómoda: a veces nosotras mismas caemos en estos patrones.
Yo misma me he escuchado decir:
“Bueno… como tú digas.”
Cuando en realidad quería decir:
“¡Eso no me gusta nada!”
La agresión pasiva muchas veces no nace de la maldad, sino de una forma de comunicación aprendida y automática.

Lo que dice la ciencia
Esto no es solo intuición. Investigaciones citadas por Psychology Today y Mayo Clinic muestran que la agresión pasivo-agresiva:
- Erosiona la confianza
- Genera resentimiento crónico
- Disminuye la autoestima
- Aumenta el estrés
Incluso puede afectar la salud física.
Un estudio clásico de Vinokur y van Ryn (1993) encontró algo que me pareció interesante:
los comentarios negativos no se borran con halagos posteriores. El daño se acumula.
Estrategias para responder
No podemos cambiar a todo el mundo, pero sí podemos cambiar nuestra forma de responder.
Algunas herramientas prácticas:
- Nómbralo:
“Oye, eso que dijiste me dolió, aunque fuera en broma.” - No entres en el juego:
Un simple “ok, gracias por tu opinión” y cambio de tema puede desactivar la dinámica. - Pon límites claros:
“Prefiero que me digas las cosas directo.” - Protege tu energía:
No todas las relaciones merecen acceso ilimitado a tu paz mental.
El antídoto más poderoso: la compasión
Primero hacia ti.
Si descubres que tú también has usado sarcasmo o comentarios pasivo-agresivos, no te castigues. Puedes decirte:
“Estoy aprendiendo a comunicarme mejor.”
Muchas veces esos patrones vienen de viejas heridas emocionales.
Y hacia los demás… la compasión no significa permitir que te lastimen, sino entender que quien lanza veneno disfrazado suele cargar inseguridad, miedo o dolor no resuelto.
No los excusa.
Pero te ayuda a no tomártelo todo de manera personal.
Cómo disfrutar relaciones más auténticas
- Practica decir lo que sientes en el momento (sin atacar):
“Me molesta que…” en vez de “Tú nunca…” - Cuando llegue un comentario pasivo-agresivo, pregunta con curiosidad:
“¿Qué quisiste decir con eso?” - Recuerda: el problema es de ellos, no tuyo.
Tú no eres demasiado sensible; ellos no saben comunicarse. - En familia o pareja: hagan “círculos de honestidad” donde cada quien diga lo que siente sin filtros ni bromas.
- Y si surge la oportunidad de apoyar a alguien pasivo-agresivo:
- No lo juzgues.
- Pregunta qué le pasa de verdad.
- Enseña con el ejemplo cómo se habla claro.
- Di: “Te quiero, pero cuando hablas así me duele, prefiero que me digas directo.”

El mundo está lleno de comentarios pasivo-agresivos:
en la familia, el trabajo, las amistades.
Pero también está lleno de personas que quieren relacionarse de una forma más sana.
Todo empieza con algo simple: hablar claro, sin sarcasmo, sin veneno, sin bromas que hieren.
Las relaciones se vuelven infinitamente más ligeras cuando dejamos de lanzar sonrisas…
con cuchillos escondidos detrás.
¿Alguna vez has recibido un comentario pasivo-agresivo que te dejó pensando todo el día?
Espero que….




