Hay cosas que uno aprende en un salón de clases, otras leyendo libros y otras que, honestamente, se aprenden a la mala. A mí, la hotelería me enseñó muchas de esas últimas.
- La hotelería te enseña a resolver
- Cuando el bienestar siempre queda de último
- Siempre hay una razón
- El cuerpo también pasa factura
- Cuando quien te lidera termina apagándote
- Autoridad no es dominio
- Corregir no es humillar
- Cuando hablar también se convierte en un problema
- ¿Es el trabajo tu identidad?
- El deporte nacional de la validación
- El premio que no queremos: pizza y refresco
- La necesidad tiene cara de hereje
- Y también he tenido mucha suerte
- Lo que hoy haría diferente
Me abrió decenas de puertas, me enseñó sobre servicio, liderazgo, trabajo en equipo, paciencia y, sobre todo, sobre mí misma. Pero también me enseñó algo que afortunamente no tardé en comprender: no todo lo que eres capaz de soportar tienes que seguir soportándolo.
Durante mucho tiempo confundí ser comprometida con estar siempre disponible, ser responsable con hacerme cargo de todo y ser buena compañera con decir que sí incluso cuando no podía más.
Creía que demostrar que podía con todo era una virtud. Que quedarme un poco más, resolver lo que nadie resolvía y estar pendiente de todo era parte de ser una buena profesional.

Y sí, muchas veces lo era. El problema aparecía cuando ese compromiso empezaba a costarme mi tranquilidad, mi descanso y mi salud.
No todo lo que eres capaz de soportar tienes que seguir soportándolo.
La hotelería te enseña a resolver
La hotelería tiene algo particular: las necesidades del huésped no siempre entienden de horarios.
Hay imprevistos, temporadas altas, situaciones que resolver y momentos en los que toca dar un poquito más.
Y eso, cuando se hace desde la responsabilidad y el trabajo en equipo, puede ser parte de lo bonito de esta profesión.
Aprendes a reaccionar.
A resolver.
A mantener la calma cuando todo alrededor parece estar ardiendo.
A encontrar una solución aunque no tengas todos los recursos.
A sonreír aunque estés cansado.
Y quizá por eso también es tan fácil cruzar la línea.
Cuando te acostumbras a poder con todo, empiezas a creer que poder con todo es lo que siempre deberías hacer.
El problema aparece cuando ese poquito más se convierte en la norma, cuando la excepción se vuelve costumbre y cuando parece que ser un buen profesional significa estar dispuesto a sacrificarlo todo.
Con el tiempo entendí que hay una diferencia enorme entre dar lo mejor de ti y darlo todo hasta quedarte sin nada para ti.
Y aunque me atrevo a decir que casi todo lo que sé sobre poner límites lo aprendí a la mala, hoy lo agradezco.Porque no solo aprendí a reconocer lo que no quiero volver a permitir en mi vida profesional.
También aprendí a reconocer mis propias responsabilidades, mis patrones y esas veces en las que yo misma contribuí a que mis límites fueran ignorados.
La hotelería me enseñó que el servicio no debería estar peleado con el bienestar, que el compromiso no tiene que significar sacrificio permanente y que cuidar de los demás no puede convertirse en una excusa para abandonarme a mí misma.
Margarita Silvestre
Cuando el bienestar siempre queda de último
Imagínate llegar siempre temprano, no ir a comer, no tomar agua, salir tarde y seguir moviéndote con dolor de cuello, de espalda o malestar en el estómago.
Irte supuestamente de libre y estar más pendiente de que se está cayendo el lugar donde trabajas.
Instalarte el correo en el teléfono personal para ir “avanzando”.
Pero avanzando en qué… ¿en morirte?
Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera te das cuenta de cuándo empieza a pasar.
- Un día te saltas el almuerzo porque hay mucho trabajo.
- Otro día te quedas una hora más porque hay algo que resolver.
- Después respondes un correo desde tu casa porque total, “son cinco minutos”.
- Y cuando vienes a ver, llevas semanas sin desconectarte de verdad.

Siempre hay una razón
Lo empiezas a justificar todo.
- Que si estamos en temporada alta.
- Que si falta personal.
- Que si el compañero necesita ayuda.
- Que si el jefe está complicado.
- Que si mañana será más tranquilo.
- Siempre aparece una razón válida para postergarte un poquito más.
- Hasta que descansar te produce culpa.
- Hasta que sentarte a comer parece una pérdida de tiempo.
- Hasta que disfrutas tus días libres, pero con un ojo puesto en el teléfono, esperando que no ocurra nada que te obligue a regresar mentalmente al trabajo.
Y ahí es donde empiezas a preguntarte:
¿En qué momento cuidar de mi trabajo se convirtió en descuidarme a mí?
El cuerpo también pasa factura
A veces creemos que el cuerpo puede esperar.
Que ya comeremos mejor mañana. Que el ejercicio puede quedarse para la próxima semana. Que dormiremos cuando termine la temporada. Que las vacaciones serán el momento perfecto para recuperar toda la energía que hemos perdido.
Pero el cuerpo no funciona como una cuenta bancaria a la que puedes seguir retirándole dinero indefinidamente sin hacer ningún depósito.
Y no, no estoy diciendo que cada día de trabajo tenga que ser perfecto ni que nunca debamos hacer un esfuerzo extraordinario. Habrá días difíciles, situaciones inesperadas y momentos en los que tendremos que adaptarnos.
Lo que no debería ser extraordinario es poder comer, descansar, ir al baño, tomar agua o terminar tu jornada sin sentir que estás fallándole a alguien.
Tu bienestar no debería depender de que el hotel esté lleno, de que haya suficiente personal o de que tu jefe tenga un buen día.
Si más de una de estas situaciones te resulta familiar, este post sigue siendo para ti.
El problema no es solo la carga de trabajo.
El problema es que nos fuimos acostumbrando a dejar nuestro bienestar siempre para el final.
“Somos una familia”
En muchos trabajos se repite la misma frase: “Somos una familia”. Suena bonito. Pero a veces es una familia que se molesta cuando decides tomarte en serio tu descanso; una familia que espera que des todo, pero que se incomoda cuando tú pides lo mínimo: respetar tu tiempo, tu energía y tu salud.😏
Esta narrativa puede generar culpa. Te hace sentir que poner un límite es ser poco comprometido y así vamos aceptando más de lo que deberíamos.
Ojo, una cosa es sentirte parte de un equipo, querer a tus compañeros y disfrutar lo que haces. Y otra muy distinta es creer que tienes que sacrificar tu vida personal para demostrar que perteneces.
Y aquí quiero hacer una distinción importante: muchas veces no es solamente la empresa la que nos exige demasiado. A veces somos nosotros mismos quienes no sabemos parar.
Cuando quien te lidera termina apagándote
Hay algo de lo que también quiero hablar, porque lo viví y porque sé que muchas personas se van a identificar: el abuso de poder de quienes tienen una posición de liderazgo.
No hay nada más desgastante que trabajar bajo la responsabilidad de alguien que, en lugar de ayudarte a crecer, utiliza su posición para hacerte sentir inferior. Personas que parecen olvidar que tener un cargo no les da derecho a maltratar, humillar, intimidar ni hacerte dudar de tu propio valor.
Autoridad no es dominio
Hay líderes que confunden autoridad con dominio, respeto con miedo y liderazgo con control. Personas que necesitan recordarte constantemente quién tiene el poder, como si su posición les diera permiso para tratarte de una manera en la que probablemente no aceptarían ser tratados.

Te comparan con otros compañeros. Te hacen sentir que nunca eres suficiente, que siempre hay alguien mejor, que por más que te esfuerces siempre te falta algo. Y lo más complicado es cuando empiezas a cuestionarte a ti mism@: tu capacidad, tu criterio, tus decisiones. Incluso llegas a preguntarte si realmente eres tan mala profesional como te hacen sentir.
Pienso que una cosa es recibir retroalimentación sobre tu trabajo y otra muy distinta es que te hagan sentir que tú, como persona, eres el problema.
Un buen líder puede señalarte lo que necesitas mejorar sin hacerte sentir menos.
Corregir no es humillar
La inteligencia emocional también forma parte del liderazgo. No basta con tener conocimientos técnicos, experiencia o un cargo importante. También hay que saber gestionar las propias emociones, comunicarse y entender que las palabras y las acciones tienen consecuencias.
Hay personas que, cuando están enojadas, creen que tienen derecho a descargar su frustración sobre quienes tienen a su cargo. Esperan hasta estar molestas para decirte todo lo que supuestamente has hecho mal. No te dan retroalimentación a tiempo, no te orientan cuando todavía puedes corregir y, cuando finalmente hablan, lo hacen desde el enojo, la presión o el reproche. Me da cosita con esas personas, no lo saben hacer mejor.
Y entonces te preguntas: ¿por qué no me lo dijiste antes?
Maifren, liderar también implica saber comunicar, dar dirección, establecer expectativas claras, corregir a tiempo y crear un espacio donde las personas puedan aprender sin sentir que cada error pone en riesgo su dignidad.
Cuando hablar también se convierte en un problema
Pero ¿qué pasa cuando no puedes expresar cómo te sientes? Cuando sabes que, si dices algo, puedes ser señalado como irrespetuoso. Cuando defender tu punto de vista se interpreta como cuestionar la autoridad. Cuando tienes que medir cada palabra porque no sabes cómo va a reaccionar la persona que está por encima de ti.
Y terminas quedándote callad@. No porque no tengas nada que decir, sino porque has aprendido que hablar puede tener consecuencias.
Y eso también desgasta. Porque empiezas a trabajar desde el miedo, a anticipar las reacciones de los demás y a pensar demasiado cada decisión. Ya no estás concentrad@ únicamente en hacer bien tu trabajo; también estás intentando evitar que alguien se moleste contigo.
Qué agotador debe ser tener que demostrar tu capacidad profesional mientras, al mismo tiempo, intentas protegerte emocionalmente de quien debería estar ayudándote a desarrollarla.
Margarita Silvestre
Y quiero hacer una distinción. No estoy diciendo que un líder no pueda exigir, corregir o tomar decisiones difíciles. Claro que puede hacerlo. Parte de su responsabilidad es precisamente esa. Pero hay una diferencia enorme entre exigir resultados y maltratar personas.
La exigencia puede ayudarte a crecer. El maltrato puede hacerte dudar de ti misma.
Y no, que alguien tenga más experiencia, un cargo superior o más responsabilidades no significa que tenga siempre la razón. Tampoco significa que tú tengas que aceptar cualquier trato para demostrar que eres una persona profesional.
El respeto no debería depender de tu posición dentro del organigrama. Y si algo he aprendido es que no todo lo que viene de una persona con autoridad merece convertirse en una verdad sobre ti.
¿Es el trabajo tu identidad?
Aquí viene otra parte incómoda. A veces el problema ya no está solamente en la empresa ni en el jefe. Está en nosotros: en cuánto necesitamos sentirnos importantes, en cuánto necesitamos demostrar y en cuánto necesitamos ser vistos.

La ambición también puede convertirse en una trampa
Hay veces que no es la empresa la que te exige tanto. Eres tú intentando demostrar que mereces estar ahí.
Quieres más reconocimiento, más responsabilidades, más títulos, más aplausos. Y en ese camino de validación externa, que es un deporte nacional muy mal pagado, puedes terminar olvidando quién eres cuando te quitas el uniforme.
A veces, por querer ser alguien en el trabajo, dejamos de estar presentes en nuestra propia vida. Te pierdes cumpleaños, conversaciones, momentos con tus hijos, comidas en familia y hasta tus propios días libres. Estás físicamente, pero tu cabeza sigue resolviendo pendientes.
Y mientras tú construyes tu estatus profesional, alguien más tiene que asumir las responsabilidades que dejaste atrás. Alguien lleva a los niños. Alguien prepara la cena. Alguien atiende a tus padres. Alguien cumple con ese compromiso que tú cancelaste por tercera vez.
No siempre se trata de falta de amor. A veces simplemente hemos organizado nuestra vida alrededor de una sola prioridad. El problema es que las demás personas también tienen límites, necesidades y una vida propia.
El deporte nacional de la validación
El problema de vivir buscando aprobación es que siempre aparece alguien más a quien demostrarle algo. Consigues el puesto, pero quieres el siguiente. Te reconocen, pero necesitas que te reconozcan más. Y sin darte cuenta, empiezas a medir tu valor por lo que haces, por el cargo que ocupas y por lo indispensable que pareces ser.
Hasta que un día te preguntas: ¿cuánto de mi vida estoy dispuesto a entregar para sentir que soy suficiente?
Y ojo, no estoy diciendo que aspirar a crecer profesionalmente esté mal. ¡Todo lo contrario! Tener metas, querer aprender, asumir nuevos retos y construir una carrera que te haga sentir orgulloso es maravilloso. La pregunta es: ¿a qué precio?
Y es que puedes estar en casa y seguir ausente. Puedes estar de vacaciones y seguir trabajando. Puedes tenerlo todo profesionalmente y sentir que te estás perdiendo tu propia vida.
Y qué triste sería llegar muy lejos en tu carrera, mirar hacia atrás y darte cuenta de que, mientras intentabas demostrar que podías con todo, te perdiste muchas de las cosas que realmente querías vivir.
El premio que no queremos: pizza y refresco
Y cuando ya no puedes más, llega el clásico: pizza y refresco para que des las millas extras.
Como si una comida pudiera compensar la falta de descanso, de ejercicio y de paz mental.
Yo no quiero pizza. No quiero refresco. Quiero organización. Quiero que se respete el tiempo de salida. Quiero llegar a casa sin sentir que dejé mi salud en los pasillos de la empresa.
Porque encima de no descansar, tampoco necesitamos que nos revienten con cosas insaludables.
La necesidad tiene cara de hereje
Y aquí también tengo que mirarme al espejo.
Muchas veces la responsable fui yo por haber aceptado ciertas cosas. Mami siempre decía, La necesidad tiene cara de hereje.
Cuando uno necesita el trabajo, el sueldo o la estabilidad, es fácil justificar lo injustificable. Hasta que un día el cuerpo o la mente dicen: “Hasta aquí”.
No estoy invitando a nadie a irrespetar las normas del lugar donde trabaja. Tampoco estoy diciendo que todos los líderes sean iguales ni que todos los colaboradores sean víctimas. También existen quienes abusan, llegan tarde, mienten o no asumen su responsabilidad. Eso también desgasta. De los colaboradores y sus malasmañas también hablaré, incluyendo las mías. jejeeje

Pero este post va de algo más profundo: de mirarnos al espejo antes de llegar al burnout.
Y también he tenido mucha suerte
No quiero que parezca que mi historia con la hotelería ha sido solamente sacrificio. Todo lo contrario.
En mi camino profesional he sido muy afortunada de conocer personas maravillosas. Personas que apostaron por mí, que me dieron oportunidades, que confiaron en mis capacidades incluso cuando yo misma todavía las estaba descubriendo. Personas que me enseñaron, me acompañaron, me impulsaron y que, de una manera u otra, contribuyeron a que hoy sea quien soy.
También he vivido momentos preciosos. He aprendido de grandes profesionales. He tenido la oportunidad de crecer haciendo algo que durante muchos años me apasionó profundamente.
Y precisamente por eso agradezco tanto lo vivido. Ahora puedo decir que, poner límites no significa dejar de valorar las oportunidades que recibimos. Significa entender que podemos agradecer profundamente una oportunidad sin sentir que tenemos que entregar nuestra vida entera a cambio.
También he aprendido que existen líderes que entienden que detrás de cada uniforme hay una persona. Que respetan los tiempos de descanso, que escuchan y que saben que un equipo no se construye únicamente con resultados, sino también con humanidad.
Y a esas personas, gracias.
Cuando alguien apuesta por ti sin pedirte que te abandones en el proceso, también te está enseñando otra manera de crecer.
Lo que hoy haría diferente
Hoy no quiero demostrar que puedo con todo. Quiero demostrarme que sé elegir.
Quiero seguir creciendo, aprendiendo, asumiendo retos y dando lo mejor de mí, pero sin romantizar el agotamiento ni convertir mi trabajo en el centro de mi vida. Quiero comprometerme con lo que hago sin olvidarme de quién soy cuando termina la jornada.

Porque el hotel puede esperar. El correo puede esperar. El pendiente puede esperar. Mi vida, no.
Y si algo me ha enseñado la hotelería es que trabajar duro puede abrirte muchas puertas, pero aprender a poner límites te permite seguir disfrutando lo que hay detrás de ellas.
Al final, el trabajo es parte de la vida, pero no debería ser el precio de dejar de vivirla.




