Aquí las mías….
Hay heridas que necesitan convertirse en palabras. No para señalar culpables ni para darle vueltas una y otra vez a lo que ya dolió. Solo para entender qué pasó y qué carajos hacemos hoy con todo eso.
Una de las cosas que más me gusta de mi vida ahora es notar cómo me recupero. Con más gracia, con más madurez y, aunque todavía me cuesta decirlo en voz alta algunos días, con bastante más amor propio. No hablo de tratar de ser perfectas ni de dejar de sentir miedo, rabia o decepción. Me refiero a aprender a sentir sin destruirnos. De responder desde la mujer que estoy construyendo y no desde la que todavía anda cargando viejas heridas.
Y sí, eso toma tiempo. Afortunadamente tengo tiempo. Bastante. Aunque, siendo honesta, tener tanto tiempo libre también me ha metido en problemas. Jajaja. Porque una cosa es tener tiempo para vivir y otra muy distinta es tener tanto tiempo para pensar que terminas haciendo una asamblea extraordinaria con cada uno de tus pensamientos. Ya me entienden.
La vida tiene una manera muy particular de ponerte a prueba
Creemos que ya superamos ciertas cosas hasta que de repente las vuelve a poner frente a nosotras. Y aparece esa versión nuestra que pensábamos muerta: la que necesita aprobación, la que duda de su valor, la que se pregunta “qué hice mal”, la que quiere explicar demasiado. Y ahí te das cuenta de cuánto has avanzado de verdad.
Ojo aquí, sanar para mi no significa que nunca más vuelvas a tropezar. No, no, no,no. Para nada. Sanar es poder detenerte a tiempo y preguntarte: ¿de verdad quiero volver a vivir esto? ¿Esta respuesta es de la mujer que soy hoy o de la que era antes? ¿Estoy actuando desde el amor propio o desde el miedo a no ser suficiente? Esas preguntas cambian todo.

El “amor”no justifica todas nuestras conductas
He sentido mucha tristeza, pena, confusión y ansiedad, pero nada de eso me ha impedido seguir. He aprendido a decir cómo me siento incluso cuando estoy hecha un lío, a decirle a la gente que me quiero, que me importan, a pedir espacio sin convertirlo en una guerra y a no usar mi dolor como excusa para lastimar a nadie. Porque una cosa es sentir dolor y otra muy distinta es convertirlo en permiso para hacer daño.
Podemos querer mucho a alguien y aun así comportarnos como una bolsa de basura apestosa. Podemos decir “te amo” mientras actuamos desde el miedo, el orgullo o la necesidad de control. Podemos exigir comprensión sin estar dispuestas a comprender. Sentir amor no nos exime de aprender a amar mejor.
No todo lo que sentimos necesita convertirse en una reacción
Me molestan los silencios que evitan conversaciones importantes.
Me molesta la falta de delicadeza.
Me molesta la inmadurez.
Me molesta que algunas personas solo piensen en ellas mismas.
Esa incapacidad de detenerse un momento y preguntarse cómo puede estar sintiéndose la persona con la que estamos interactuando.
Y, sobre todo, me entristece ver cómo podemos aferrarnos a nuestras propias heridas hasta convertirlas en una forma de relacionarnos con el mundo. Como si sufrir nos diera permiso para no responsabilizarnos de nuestras acciones. Como si haber sido lastimados significara que nunca más tenemos que revisar nuestra manera de amar.
Ay, no.
Una se harta de esa vaina.

Y que nadie se confunda: promover la conciencia no significa que no experimente miedo, pena, rabia o tristeza. ¡Claro que los experimento! A veces incluso con más intensidad que antes.
La diferencia es que ahora tengo más herramientas para reconocer lo que estoy sintiendo. Puedo identificar cuándo estoy reaccionando desde una herida. Puedo darme un momento antes de responder. Puedo expresar mi incomodidad. Puedo pedir espacio. Y también puedo reconocer cuándo necesito revisar mis propias expectativas.
La conciencia no consiste en dejar de sentir. Consiste en aprender a relacionarnos de una manera más honesta con lo que sentimos. Y eso incluye aceptar que todavía tenemos cosas que trabajar.
Una conversación en Bruselas que todavía me suena en la cabeza
Bruselas fue expectacular en tantos sentido que hasta las cosas tristes y desagradables que exprimenté han sido opacadas por experiencias tan bonitas que merecen ser recordadas.
Allí conocí a un hermoso grupo de jóvenes. Pero uno en especial. Un chico de Francia. Goza de una sabiduría rara, de esas que me impactan. Es una de esas personas con las que puedes hablar horas y salir diferente. Un chico seguro de sí, extraordianrios valores, inteligencia emocional envidiable. Le conté algo que necesitaba expresar, fui sincera y él también. Y me dijo algo que todavía me resuena: «Es que vamos a morir. No tenemos tiempo para hacer mierda ni para dejar preguntas sin respuesta.» Directo. Crudo. Sin adornos. Y me paró en seco.
Fue tan apropiado, especialmente por el momento en que llegó. Me sentía perdida, con las emociones del pasado alborotadas, la concentración y la creatividad hechas un lío, y ya me estaba poniendo incómoda. Sabía de dónde venía todo y que debía parar… pero mi cabezota no quería aceptar que era un absurdo y que tenía que retirar mi energía de ahí con urgencia.
Desde entonces trato de moverme con más verdad. Decir lo que siento sin convertirlo en exigencia. Expresar lo que me importa sin intentar controlar la respuesta del otro. Y aceptar que no todo el mundo está listo para escuchar, pero eso no significa que yo tenga que traicionarme para no incomodar.

Hay señales que ya no quiero ignorar
Hoy presto más atención a cómo me siento dentro de mis relaciones. No solo a lo que me dicen, sino a lo que pasa dentro de mí cuando estoy cerca de esa persona. Si me siento constantemente insegura, me detengo. Si no me siento libre de expresarme, me pregunto por qué. Si algo me drena más de lo que me aporta, lo miro de frente. No toda incomodidad significa que haya que irse. Las relaciones también nos confrontan y nos hacen crecer. Pero hay una diferencia enorme entre atravesar una dificultad que te hace mejor y quedarte en una dinámica que te obliga a abandonarte una y otra vez.
Mi valor no está en manos de nadie
Todavía hay días en los que duelen cosas viejas y vuelven pensamientos que creía superados. Pero también puedo ver todo lo que he construido: la capacidad de observarme, el compromiso de seguir aprendiendo, la libertad de cambiar de opinión y la valentía de detenerme a escucharme.
Durante mucho tiempo pensé que sanar significaba llegar a un punto en el que nada me afectara. Hoy lo veo diferente. Sanar es poder sentir tristeza sin pensar que has retrocedido. Es tener miedo y aun así no dejar que decida por ti. Es reconocer una herida sin convertirla en tu identidad.

Mi valor no aumenta cuando alguien me elige ni disminuye cuando alguien se va. No está en negociación. Y el tuyo tampoco.
Quizás por eso escribo. Porque hay cosas que necesitan salir para poder mirarlas de frente. Porque a veces una palabra ordena el caos. Y porque, aunque no podamos cambiar todo lo que nos ha pasado, sí podemos decidir qué significado le damos a nuestra historia.
Y esta no es ni la mitad de todo lo que quería escribir cuando pensé en este tema, pero por ahora lo dejaré ahí. Aún sigo observando, siempre seré mi propio laboratorio.
Por lo cual, no se trata de no volver a caer. Siento que va más de aprender a levantarnos sin abandonarnos otra vez.
Que la vida es corta. Y una tiene muchas cosas bonitas que hacer con ella.




