España siempre guardará un lugar especial en mi corazón

Por todo lo vivido, por todo lo aprendido… y también por todo lo olvidado.

Aquí fui verdaderamente independiente por primera vez. Dejé mi casa, mi familia, mis amigos, mi gente… y me fui a crear la vida que yo quería. La mía propia. No la que me impusieron en casa, ni la que dictaba la sociedad.

A mis 22 años, tuve que pagar mi propio apartamento, hacer mercado, moverme sola, y asumir al 100% la responsabilidad de mi vida. Fue un salto sin red, pero también una decisión de libertad.

Y aunque algo dentro de mí intuía que no volvería a ver a mi madre con vida, nada me detuvo.
Mami ya estaba enfermita en República Dominicana, pero su mayor voluntad era que yo terminara mis estudios de postgrado.
Y lo cumplí. A cabalidad.
Pero no, este blog no va sobre la muerte de mi madre, al menos no el de hoy. Tampoco entraré en detalles sobre por qué no viajé a RD cuando ella falleció. Hoy quiero hablar de otro tipo de aprendizaje.

Cuando otros intentan vivir por ti

Muchos padres, líderes, amigos o personas cercanas quieren tomar decisiones por nosotros, con la excusa de: “es para que no pases trabajo”.
Pero, ¿quién dijo que no quiero pasar trabajo? ¿Qué significa “pasar trabajo”? ¿Qué es sufrir?
Lo que tú consideras sufrimiento, quizás yo lo veo como crecimiento.

Es una percepción.
Nuestros padres vivieron otra realidad. Muchos tuvieron que salir a trabajar muy jóvenes, vender cosas, hacer de todo. Y claro, hoy quieren evitar que sus hijos repitan esa historia. Pero a veces ese sobrecuidado nos apaga. Nos priva de lanzarnos, equivocarnos, explorar… vivir.

Y con eso viene otro peso: escuchar a diario un discurso de todo lo que han hecho por ti, sin que tú lo hayas pedido.
Yo no pedí nacer.
Y aunque a veces esto puede sonar como el reclamo de alguien harto de que le echen cosas en cara, lo cierto es que necesitamos más libertad para elegir y menos culpa por querer vivir diferente.

Y ahí aparece España…

Tuve la dicha de crecer con cierto margen para tomar decisiones diferentes. Fui la menor. Y aunque muchas cosas se hicieron por mí sin pedirlas, aprendí a recibir con gratitud.
No soy de pedir, pero sí de dar.
Y quizás por eso recibo tanto.
Me faltarán dos vidas más para agradecer.

Hoy, mientras escribo esto, me encuentro brevemente visitando España.
Han aflorado viejos sentimientos.
Paso por los supermercados y veo en las vitrinas los alimentos que solía comer, esas comidas congeladas rápidas que me sacaban de apuros.

Al pasar por las estaciones de tren, me fue imposible no recordar la primera vez que llegué. Me dormí en el tren y me llevó hasta el final del trayecto.
Me tocó devolverme y llegué tarde a la universidad.
Nunca más volví a llegar tarde.

Aquí desarrollé muchas de mis habilidades, pero la lectura fue clave.
El tren fue mi lugar preferido para leer. Me motivaba, me inspiraba.
Crucé miradas con chicos guapísimos. Me ilusioné.
Pero nunca concreté nada.
Soñaba despierta, sí… pero mis metas eran más fuertes que cualquier coqueteo.

Valores, conciencia y el camino propio

Mi padre solía decir: “El que está destinado a perderse, se pierde donde sea. Con supervisión o sin ella.”
Mis padres confiaron en que los valores que me enseñaron serían más fuertes que cualquier mala influencia.
Y así fue.

Por eso hoy, cuando hablamos del desarrollo de los adolescentes, me reafirmo en esto:
Los valores familiares son semillas.
La conciencia individual es la raíz.
El propósito es el tronco.
Y la vida que eliges, esa que te toca construir con tus manos, es la flor.

Cuando desarrollamos conciencia, nos volvemos responsables no solo de nuestro bienestar, sino del de los demás.
Y entendemos que si seguimos un camino de bien, también iluminamos el de otros.

EN fin..

Personalmente, he aprendido más de los momentos duros que de los lindos.
España me enseñó a cuidarme, a levantarme, a disciplinarme, a llorar sola… pero también a aplaudirme sin necesitar aprobación.
Y por eso, cada vez que vuelvo, me emociono.

Porque no es solo un país en mi pasaporte.
Es un espejo de todo lo que fui… y un faro que me recuerda lo que aún puedo ser.

Gracias, España.
Siempre tendrás un lugar especial en mi corazón.

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